lunes, 9 de junio de 2008

Argumentación moral

ARGUMENTACIÓN MORAL Y FUNDAMENTACIÓN ÉTICA
Dr. Emilio Martínez Navarro (Universidad de Murcia)

ÍNDICE
1. El lenguaje moral
1.1 Las tres dimensiones de las expresiones lingüísticas
1.2 Los enunciados morales como prescripciones
2. Estrategias de argumentación moral
3. Fundamentar lo moral nos aleja del fundamentalismo
3.1 Un ejemplo de fundamentación de la moral
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1. El lenguaje moral
En nuestra vida cotidiana emitimos continuamente juicios morales, por ej.: "Esta situación es injusta", "Pedro es honrado", "El terrorismo es moralmente inaceptable", etc.; Sin embargo, ante semejantes expresiones cabe preguntarse qué expresan en realidad: ¿Forman parte del lenguaje emocional, por medio del cual comunica­mos nuestros sentimientos? ¿Son parte del lenguaje religioso, mediante el cual exponemos nuestras creencias más o menos indemostrables? ¿Acaso pueden considerarse expresiones que hablan de hechos, y por lo tanto podrían agruparse en torno al lenguaje factual de las ciencias empíricas?
La cuestión es hasta qué punto las expresiones que llamamos morales constitu­yen un tipo específi­co de discurso, distinto de otros discursos humanos, y para aclararla tendríamos que señalar aquellos rasgos que diferencian al discurso moral frente a los demás tipos de discurso. Esta cuestión viene preocupando a los filósofos desde antiguo, aunque se manifiesta mucho más nítidamen­te a partir del llamado "giro lingüístico" de la filosofía contemporánea.
En efecto, desde principios del siglo XX se observa un progresivo desplazamiento en cuanto al punto de partida de la reflexión filosófica: ya no es el ser, ni la conciencia, sino el hecho lingüístico, esto es, el hecho de que emitimos mensajes que forman parte del lenguaje. Tanto el neopositivismo lógico como la filosofía analítica hicieron posible este cambio en el punto de partida al insistir en la necesidad de aclarar los significados de las expresiones que tradicionalmente forman parte de la filoso­fía, ya que, de este modo, se podrían descubrir muchas de las incon­gruen­cias e incorrecciones que ‑a su juicio‑ constituyen la base de casi todos los sistemas filosóficos tradicionales. Sin embargo, a pesar de que la intención manifiesta de muchos de los miembros de las dos corrien­tes citadas era la de "disolver los problemas filosófi­cos" mostrando que, en realidad, no eran más que "pseudo­proble­mas", los resultados de las investigaciones emprendidas no han borrado las cuestiones filosóficas, sino que más bien han contri­buido a enfocarlas de una manera distinta, y sin duda han ayudado a plantear mejor la mayoría de las cuestiones, aunque por sí solos no las resuelven.

1.1 Las tres dimensiones de las expresiones lingüísticas
Ante todo es preciso distinguir en toda expresión lingüística tres dimensiones distintas: la sintáctica, la semántica y la pragmática.
La dimensión sintáctica se refiere a la relación que hay entre una expresión y las demás expresiones dentro del mismo sistema lingüístico. Existen reglas sintácticas (a menudo llamadas también "reglas gramaticales") que establecen cómo ha de cons­truir­se una expresión para que pueda considerarse aceptable dentro de una determinada lengua o código lingüístico; por ej., las reglas sintácticas declaran incorrecta en castellano la expresión "una justo exige reivindicación ellas", y en cambio nada tienen que objetar a esta otra: "ellas exigen una reividicación justa". La construc­ción sintáctica correcta es una condición indispensable para una comunicación fluida entre los hablantes, de modo que cualquier expresión que pretenda tener sentido intersubjetivamente deberá atenerse a las reglas sintácticas del código lingüístico que se esté utilizando.
La dimensión semántica pone de manifiesto que en todo lenguaje natural se establecen ciertas relaciones entre los signos (palabras) y los significados a que se refieren tales signos. Los significados previamente establecidos funcionan también a modo de reglas para la construcción de frases con sentido; por ej., la frase "este robo amarillo llueve" es sintácticamente correcta, pero semánticamente no parece adecuada, al menos en su sentido literal (no metafórico), puesto que el término "robo" en castella­no carece de un significado que sea compatible con tener color y con formar parte de la lluvia. En general, salvo que se esté utilizando alguna licencia poética que los interlocutores conozcan, la observancia de las reglas semánticas es necesaria para una comunicación efectiva entre quienes comparten una determinada lengua.
Por último, la dimensión pragmática hace referencia a la relación entre las expresiones lingüísticas y los usuarios de las mismas. Una misma expresión puede ser utilizada de muy distinto modo (y en consecuencia adoptar un significado distinto) según la entonación del hablante, según el contexto o situación en que se emite, según el rol social de quien la emite, etc. Desde este punto de vista, también podemos hablar de ciertas "reglas pragmáticas" que rigen la significación de las expresio­nes linguísticas; por ej., si nos preguntamos qué significa en castellano la expresión "aquí se va a repartir leña", nos vemos obligados a decir que eso depende de quién lo diga, en qué tono y en qué situación, puesto que la misma frase significa algo muy distinto si se profiere en tono de amenaza o en tono meramente informativo, etc. Además, en cada lengua existen ciertas implica­ciones pragmáticas de las expresiones utilizadas; así, supongamos que estamos hablando acerca de un futbolista que pertenece a la etnia gitana y decimos de él, entre otras cosas, que "es una honra para su raza"; en principio cabe entender que estaría­mos implican­do pragmáticamente la racista afirmación de que "el resto de los gitanos no valen gran cosa"[1].
En consecuencia, el significado preciso de una expresión cualquiera no puede conocerse hasta que se dispone de la necesaria información sobre la dimensión pragmática de la misma. Y más aún: sólo un análisis que tenga en cuenta la totalidad de las reglas que rigen sobre el empleo de una expresión puede arrojar luz sobre dicha expresión; un análisis semejante mostraría la gramática lógica de la expresión en cuestión. Por tanto, a la hora de analizar las expresiones que llamamos "morales" habremos de tener en cuenta la gramática lógica de las mismas, y a partir de ahí dilucidar hasta qué punto está justificado que sigamos manteniendo una denominación especial para las mismas, esto es, en qué medida existen rasgos distintivos de las expresiones morales frente a otros tipos de expresiones.

1.2 Los enunciados morales como prescripciones
La tarea de análisis lógico del lenguaje moral que han llevado a cabo relevantes especialistas (particularmente los seguidores del Wittgenstein de las Investigaciones), nos permite esbozar los rasgos propios del discurso moral.
Los juicios morales pueden considerar­se, en general, como prescrip­cio­nes, esto es, como expresiones destinadas a servir de guía para la conducta propia y como patrón o medida del valor o disvalor de la conducta ajena. Ante todo, los juicios morales se refieren a actos libres y, por tanto, responsa­bles e imputa­bles, y en esto coinciden con las prescripciones jurídi­cas, sociales y religio­sas. Pero lo moral aparece también como una instancia última de la conducta, de igual modo que lo religioso. Por otra parte, en contraposición a los imperativos dogmáticos (del tipo "debes hacer esto porque sí, porque se te ordena"), las prescrip­ciones morales presentan un carácter de razonabilidad, es decir, se expresan como conte­niendo de modo implícito las razones que avalan sus mandatos (por ej., "no debes mentir" es una prescrip­ción que lleva aparejado el argumento de que sin ella no sería posible confiar en la comunicación mutua).
Ahora bien, las características específicas de las prescrip­ciones morales serían, a nuestro juicio, las siguientes:
a) La autoobligación que consiste en el hecho de que las normas morales no pueden cumplirse sólo externamente, sino en conciencia. Pero también ciertas normas reli­giosas quedan desvirtuadas si no se aceptan en conciencia sino exteriormente. Lo que caracteriza a la autoobligación moral frente a la religiosa no es tanto la admisión en conciencia de la prescripción, sino el hecho de que surja del hombre mismo y a él obligue, sin emanar de una autoridad distinta de la propia conciencia humana.
b) Por otra parte, quien se siente sujeto a este tipo de o­bligación llamada moral, la extendería a todo hombre, caracterís­ti­ca a la que se denomina habitualmente universalizabilidad de los juicios morales. Frente a las prescripciones jurídicas y sociales, aplicables a un grupo humano; y frente a las religiosas, que sólo pueden exigirse en conciencia a la comunidad de los creyen­tes, los imperativos morales se presentan como extensibles a todo ser humano, bajo su faz de proposiciones sintéticas a priori.
c) En tercer lugar, las prescripciones morales se presentan con carácter incondiciona­do. Este carácter de incondicionalidad de los imperativos morales ha sido cuestionado en nuestro tiem­po por parte de algunos especialistas. Afirmarlo parece conducir a una ética de la intención, frente a la ética de la responsabilidad[2]. Sin embargo, pese a que es preciso decantarse por una ética de la responsabilidad, puesto que no podemos desentendernos de las consecuencias de las acciones, consideramos que es necesario mantener el carácter incondicionado de los imperativos morales, al menos como ideal regulativo. Porque la reducción de todo imperati­vo a los condi­cionados podría comportar a la larga la muerte de lo moral. El análisis de las excepciones es siempre interesante y necesario, pero la eliminación del carácter incondicionado nos parece desaconseja­ble.
d) Una nueva característica consistiría en la prohibición de deducir enunciados prescriptivos a partir de enunciados fácticos. Pero también esta afirmación debe ser precisada: como veremos en este mismo capítulo, los juicios de deber moral no pueden derivarse de constatacio­nes empíricas, porque de los hechos empíricos no puede surgir obliga­ción alguna. Pero tal vez sí que tengan que ser justificados sobre la base de "juicios de hecho no empíricos". Si hemos admitido la razona­bilidad como una nota de la moralidad, nos vemos obligados a defender un modo de razonar no meramente deductivo, que se apoye en enuncia­dos sobre hechos canónicos, o bien en buenas razones. La cuestión de qué tipo de razones pueden contar como "buenas" en una argumentación moral es lo que nos va a ocupar en el apartado siguiente.

2. Estrategias de argumentación moral
Como acabamos de decir, uno de los rasgos más característicos del fenómeno moral es el hecho de que argumentamos ante los demás y ante nosotros mismos para justificar o para criticar acciones, actitudes o juicios morales, tanto propios como ajenos. Por medio de la argumentación tratamos de poner de relieve que tales acciones, actitudes o juicios tienen sentido si realmente se apoyan en razones que consideramos adecuadas, o bien, por el contrario, carecen de sentido por no tener una base en tales razones. De ahí que la argumentación moral consista, en primera instancia, en la exposición de las razones que se consideran pertinentes para avalar o descalificar alguna acción, actitud o juicio moral.
Annemarie Pieper[3] ha distinguido seis tipos de estrategias argumenta­tivas destinadas a mostrar las "buenas razones" que normalmente se aceptan como tales en la vida cotidiana, aunque ella misma explica que algunas de esas estrategias no son válidas. Comentaremos a continua­ción dichas estrategias desde nuestro propio punto de vista.
a) Referencia a un hecho, como ocurre cuando a la pregunta de por qué hemos ayudado a alguien respondemos que "es nuestro amigo", o "había pedido ayuda" o algo parecido. En tales casos se está dando por supuesta la existencia de alguna norma moral compartida que indica el deber moral de ayudar a los amigos, o a las personas que solicitan ayuda, etc. De este modo, la referencia al hecho aducido es, en realidad, una referencia a la norma que se supone correcta por parte de uno mismo y por las personas a quienes dirigimos el argumen­to. Por tanto, la alusión a hechos sólo puede considerarse como un argumento válido cuando la norma subyacente sea realmente correcta ‑y no un mero prejuicio.
Ahora bien, la comprobación de la corrección de la norma supone un nuevo paso en el proceso argumentativo: el intento de mostrar que la norma en cuestión satisface determinados requisitos por los cuales se la puede considerar como moralmente válida. En este punto es en el que intervienen las distintas teorías éticas: unas dirán que la norma es correcta porque forma parte de la práctica de una virtud determinada (aristotelismo), otras aducirán que suele promover el mayor bien para el mayor número (utilitaris­mo), otras afirmarán que defiende intereses universaliza­bles (kantis­mo), etc. Puede ocurrir que adoptemos una teoría ética en particular para justificar la norma en cuestión, o tal vez podamos justificarla desde varias de esas teorías a la vez. Pero también puede ocurrir que una norma aparezca como justificable por una teoría ética y como injustificable por otra u otras. En tal caso nos veríamos obligados, en última instancia, a justificar la elección de la teoría ética utilizada. Este nuevo paso en el proceso argumentativo correspondería a lo que aquí entendemos por argumentación ética propiamente dicha.
b) Referencia a sentimientos[4]. En este caso se intenta justificar una acción, actitud o juicio moral mediante el recurso a los sentimientos propios o a los del interlocutor: "lo hice porque me dio miedo dejar las cosas como estaban", "lo que hiciste fue fruto de que tú odias el vicio", etc. Sin embargo, este modo de argumentar es totalmente insuficiente desde el punto de vista moral, puesto que la presencia en nuestro ánimo de un sentimiento cualquiera sólo ayuda a explicar las causas psicológi­cas de la acción, pero no basta para mostrar la corrección o incorrección moral de la misma. Nuevamente es preciso recurrir al análisis de la norma que se haya dado por supuesta en el caso en cuestión. Por ej., puede ser que una persona adulta justifique el haber requisado una navaja a un menor de edad diciendo que "le daba miedo verle jugar con ella"; en realidad, lo que subyace en este caso es una norma, que habitualmente consideramos correcta, según la cual es preciso prevenir daños a los niños; en consecuen­cia, lo que justificaría en este caso la acción no es el miedo del adulto, sino la evitación de unas consecuencias previsiblemente dañinas. La cuestión de si en ese caso concreto era realmente obligado requisar la navaja, o por el contrario esa acción constituyó un abuso por parte del adulto, es una cuestión de interés moral que sólo puede resolverse racionalmente si se tienen a la vista todos los datos de la situación y se dispone de una actitud imparcial para ponderarlos. Cuestión distinta es la que se refiere a la corrección de las normas que aquí entrarían en juego, a saber, la ya mencionada de evitar daños a los niños, y la que prohíbe a los adultos cometer abusos de autoridad: para saber si tales normas son correctas tendríamos que apelar a alguna de las teorías éticas, y eventualmente justificar la elección de la misma mediante una argumentación ya no moral, sino ética.
c) Referencia a posibles consecuencias. En el ejemplo del párrafo anterior hemos visto que una persona podía justificar una determinada acción por referencia a una norma que indica que es obligada la evitación de posibles daños a los niños. En ese ejemplo se observa que la atención a las posibles consecuencias de los actos es una cuestión moralmente relevante. De hecho, para la teoría ética utilitarista ése es el único y definitivo criterio moral: se considera buena toda acción que genere un mayor saldo neto de utilidad posible (en el sentido de goce, placer, alegría, satisfacción sensible), y una menor cantidad de daño (en el sentido de desdicha, sufrimiento, dolor, pena). La variante denominada "utilitarismo de la regla" aconseja no plantear la cuestión de la utilidad frente a cada acción por separado, sino más bien cumplir las normas que la experiencia histórica ha mostrado eficaces para tal fin, dado que la propia estabilidad de las normas se considera globalmente beneficiosa.
Sin embargo, en la actualidad existe un amplio consenso entre los especialistas con respecto a la necesidad de hacerse cargo responsablemente de las consecuen­cias de los actos. Esto significa que ya no es sólo el utilitarismo la teoría ética que tiene en cuenta las consecuencias para juzgar sobre la corrección o incorrección de una acción o de una norma, sino que hoy en día cualquier otra ética admite que no sólo es importante la voluntad de hacer el bien, sino asegurarse, en la medida de lo posible, de que el bien acontezca.
Ahora bien, la pretensión del utilitarismo de que la atención a las consecuencias positivas o negativas de la acción o de la norma es el único factor a tener en cuenta en la argumentación moral, plantea gran cantidad de interrogantes que no han sido satisfactoriamente resueltos por sus partidarios. Por una parte, hay ocasiones en las que una acción puede ser moralmente obligada, a pesar de que de ella no puedan esperarse consecuencias benefi­cio­sas para nadie, e incluso implique cierta cantidad de dolor y sufrimiento para algunas[5]. Por otra parte, el utilitarismo no es capaz de dar razón del hecho de que generalmente consideramos moralmente valiosos los sacrificios de sus propias vidas que llevaron a cabo personajes como Sócrates, Jesucristo o los mártires cristianos, dado que, conforme a la visión utilitarista, estas personas pusieron en peligro sus vidas y las de sus amigos sin que pudieran prever unas consecuencias positivas de la actitud que adoptaron. Además, se han planteado algunos casos más o menos hipotéti­cos en los que se muestra que la concepción utilitarista se vería obligada a conceder, conforme a sus propias premisas, que una persona inocente debería ser sacrificada si con ello se contribuye a la mayor felicidad del mayor número[6].
En síntesis, la argumentación moral debe tener muy presentes las consecuencias previsibles de las acciones o de las normas con respecto a los posibles beneficios o perjuicios para las personas, pero no debe limitarse a examinar esta cuestión, sino atender también a otros factores de la moralidad que venimos comentando.
d) Referencia a un código moral. En los párrafos a y b ya anunciábamos que la referencia a un hecho y a un sentimiento suele llevar implícita la alusión a alguna norma concreta que se supone vigente por parte de la persona que argumenta. En efecto, la manera más corriente de justificar una acción, una actitud o un juicio moral es aducir la existencia de una norma determinada que se considera vinculante para uno mismo y para aquellos a quienes se dirige la argumentación. Por ej., una persona puede decir que la razón por la que se niega a hacer horas extras en su trabajo es que reconoce un deber de solidaridad con quienes carecen de empleo. A su vez, esta persona puede argumentar que esta norma forma parte de un código moral más amplio, en el que el imperativo de la solidaridad va aparejado con otros imperativos de igualdad, de libertad, de defensa de una vida digna, etc.
Para averiguar hasta qué punto una argumentación moral de este tipo es racionalmente aceptable, hay que plantearse una doble cuestión: en primer lugar, si efectivamente la norma invocada es en realidad parte del código moral al que pretende acogerse, no sea que la interpretación que se hace de ella sea incongruente o inadecuada; en segundo lugar, si el propio código moral al que se apunta está suficientemente fundamentado como para considerarlo racionalmente vinculante. La primera cuestión es netamente moral, propia de la discusión interna entre quienes comparten un código moral determina­do. En cambio, la segunda cuestión forma parte de la discusión ética, puesto que nos lleva a plantearnos la difícil cuestión de sopesar las pretensiones de racionalidad de distintos códigos morales. Esta cuestión forma parte de lo que entendemos por tarea de fundamenta­ción que ha de llevar a cabo la Ética como Filosofía Moral.
e) Referencia a la competencia moral de cierta autoridad. Algunas personas tratan de justificar sus opciones morales recurriendo a cierta "autoridad competente" a la que consideran suficientemente fiable. Dicha autoridad competente en materia moral suele ser una persona o institución (los padres, el grupo de amigos, el presidente del partido, el tribunal de justicia, el Papa, etc.) ajena al propio individuo, pero también puede ser él mismo cuando se da el caso de que ha alcanzado el puesto de dicha autoridad. La argumentación moral que se basa en este tipo de referencias consiste en afirmar que la acción moral a justificar es congruente con la norma emanada de la autoridad moral.
Esta forma de argumentación es, en principio, sumamente endeble, puesto que lo que hace confiable una norma no es quién la dicta, sino qué validez racional posee. Naturalmente, puede haber muchos casos en los que las normas emanadas de la autoridad en la que uno confía sean plenamente razonables y válidas, pero no es posible garantizar a priori semejante coincidencia. Además, la referencia a una autoridad moral no tiene por qué ser aceptable para cualquier interlocutor, dado que en cuestiones morales no existe ni puede existir una autoridad semejante a la autoridad política o religiosa[7].
Como han visto muy bien Piaget y Kohlberg[8], la argumenta­ción basada en la heteronomía supone un menor grado de madurez moral que el de la persona que es capaz de enfocar de modo autónomo ‑a partir de principios racionales‑ la justifica­ción de sus propias acciones. Esto no significa que se deba o se pueda prescindir de las orientaciones de otras personas, pero tales orientaciones no deben tomarse como imperati­vos totalmente vinculantes, sino como consejos que uno puede tener en cuenta para, finalmente, tomar responsablemente la decisión que la propia razón considere como buena.
f) Referencia a la conciencia. En la vida cotidiana hay multitud de ocasiones en las que se apela a la propia conciencia para justificar acciones, actitudes o juicios morales. En principio, hay que reconocer que este tipo de justificación goza de un prestigio fuertemente arraigado en la tradición moral de Occidente, al menos desde Sócrates. Ahora bien, cualquier análisis detenido de este tipo de argumentación descubre que la conciencia no es infalible; por el contrario, muchas veces se recurre a ella para justificar el propio capricho o para seguir ciegamente los dictados de ciertas autoridades que han tenido influencia en el proceso de socialización de la persona.
En consecuencia, los dictámenes de la conciencia han de ser sometidos a la misma revisión de la que hemos hablado en los párrafos anteriores: es preciso averiguar hasta qué punto es racionalmente válida (no confundir con sociológicamente vigente) la norma que se ha aplicado o se pretende aplicar. Para ello hemos de recurrir a alguna de las teorías éticas, puesto que son ellas las que establecen la diferencia entre lo racionalmente aceptable y lo que no lo es. Pero, dado que hay una pluralidad de teorías éticas, nos vemos obligados a adoptar una de ellas justificando racionalmente nuestra elección, y de este modo nos encontramos de nuevo en el terreno de la argumentación ética.

3. Fundamentar lo moral nos aleja del fundamentalismo
Hemos afirmado que una de las principales tareas de la ética es la de dar razón del fenómeno moral, esto es, fundamentarlo. Pero somos conscientes de que las expresiones "fundamentar" y "fundamentación" despiertan cierto recelo entre aquellos que suponen que existe alguna relación entre éstas y el "fundamenta­lismo" entendido como una actitud de adhesión ciega, irracio­nal y fanática a unos principios de carácter religioso, político o filosófi­co. Sin embargo, creemos que no existe tal relación. Por el contrario, fundamentar es argumentar, ofrecer razones bien articuladas para aclarar por qué preferimos unos valores frente a otros, unas teorías frente a otras, unos criterios frente a otros. Al mostrar los fundamentos que nos asisten para mantener lo que creemos, escapamos a la arbitrariedad y prevenimos el fanatismo propio de la creencia ciega y de la adhesión incondicional.
[Fundamentar algo significa mostrar las razones que hacen de ese algo un fenómeno coherente, razonable, no arbitrario. Por ejemplo, supongamos que alguien pregun­tase por el fundamento de la actividad deportiva: en tal caso, quienes quisieran dar razón del deporte tendrían que exponer las razones por las que pensamos que hacer deporte no es un absurdo; tal vez dijeran que hay razones de salud, de diversión, de educación, de tradición, e incluso de interés económico, etc. De modo parecido, nos podemos preguntar por los fundamentos de la moralidad, es decir, por las razones que justifican el hecho de que en todo grupo humano haya una cierta moral, el hecho de que todos pronunciemos juicios de aprobación y de reproba­ción moral, y el hecho de que, al hacer tales juicios, pretendamos estar en lo cierto sobre lo que cualquier ser humano debería hacer en unas circunstancias determi­nadas. A semejante pregunta habría que contestar enumerando las razones que hacen que este hecho ‑lo moral o la moralidad‑, no sea una pura "manía" llamada a extinguir­se, ni un simple pasatiem­po del que podamos prescindir. ¿Es un absurdo seguir haciendo juicios morales? Si pensamos que no lo es, tenemos que apuntar a las razones que avalan este tipo de conducta; si no hubiese tales fundamentos racionales, tendría­mos que admitir que no hay por qué seguir juzgando moralmen­te nuestros propios actos, ni los de los demás, ni las instituciones socioeconómicas, y ya no tendría mucho sentido exigir justicia, ni elogiar virtudes, ni denunciar abusos, ni tantas otras acciones relacionadas con eso que venimos llamando "lo moral".]
Las distintas teorías éticas han tratado de fundamentar el factum de la moralidad: unas lo han hecho partiendo del ser, otras han tomado como punto de partida un hecho de la conciencia, y por último, algunas hoy en día parten de un hecho lingüístico, esto es, del hecho de que todos utilizamos términos y argumentos morales en nuestro lenguaje ordinario. En cada teoría ética se persigue en todo caso el mismo fin: investigar si una fundamentación de lo moral es posible, y en qué medida lo es. Esta fundamentación ha de tener una forma racional, puesto que se trata de "dar razones", pero esto no significa que toda teoría ética haya de señalar a "la razón" misma como el fundamento único de la moralidad. De hecho, algunas de esas teorías apuntan a los sentimientos, o a las relaciones socio‑económicas, o a la revelación religiosa, o a otros factores, como elementos que constituyen ‑en última instancia‑ el fundamento del fenómeno moral. Lo que nos importa en este momento no es, por tanto, el contenido concreto de las distintas fundamenta­ciones, sino resaltar ese rasgo común por el que todas se ofrecen como respuestas argumentadas, racionalmente construi­das, a la pregunta de por qué hay moral y por qué debe haberla. De este modo, en la medida en que las teorías éticas son propuestas racionales, se abren al diálogo por el que unas interpelan a otras en pos de una mayor trasparencia, una mayor coherencia y, en general, un mayor compromiso con la realidad de la que se pretende dar cuenta: en este caso, descubrir las razones más adecuadas para justificar la experiencia moral.
Sin embargo, no todas las filosofías mantienen un espacio para la reflexión ética. No todas comparten la convicción de que la filosofía debe tratar de fundamentar la vida moral. En nuestros días, diferentes corrientes filosóficas declaran que este objetivo es imposible (cientificismo, racionalismo crítico), o bien innecesario (pragmatismo radical) o incluso trasnochado (los llamados "postmo­dernos"). En cambio otras defienden sus respectivos modelos de fundamentación: por ejemplo, ciertos autores proponen un comunitarismo de inspiración aristoté­lico‑he­geliana (A. MacIntyre, M.J. Sandel, Ch. Taylor, B. Barber); otros (los zubirianos como Aranguren, D. Gracia, A. Pintor, J. Conill) apuntan a una "ética formal de bienes"; los utilitaristas de cuño moderno continúan tratando de fundamentar una moral que tenga en cuenta a toda criatura sentiente; y los filósofos de inspiración kantiana (rawlsianos y partidarios de la ética discursiva) proponen una ética procedimental basada en considera­cio­nes de diverso tipo.

3.1 Un ejemplo de fundamentación de la moral
Vamos a exponer, a titulo ilustrativo de en qué consiste una fundamentación de la moral, una versión ligeramente puesta al día de la propuesta kantiana. Esta propuesta ha ejercido una conside­rable influencia en la mayor parte de las éticas actuales, dado que nos permite respaldar racional­mente esa conquista histórica tan importante que son los derechos humanos.
Según la ética de Kant, hay moral porque en el universo existe un tipo de seres que tiene un valor absoluto, y por ello no deben ser tratados como instrumen­tos; hay moral porque todo ser racional es fin en sí mismo, y no medio para otra cosa. Hay moral porque las personas son seres absolutamente valiosos. Esto significa ‑en el contexto de la propuesta kantiana‑ que las personas no son algo relativamente valioso, esto es, valioso porque sirva para otra cosa, sino seres valiosos en sí mismos; su valor no procede de que vengan a satisfacer necesidades o deseos, como ocurre con los instrumentos o las mercancías, sino que su valor reside en ellos mismos. Y precisamente por eso, porque hay seres en sí valiosos, existe la obligación moral de respetarlos.
Los objetos que pueden ser intercambiados en las relaciones comerciales solemos llamarlos "mercancías", y los consideramos como cosas relativamente valiosas, puesto que vienen a satisfacer necesidades y deseos humanos (valor de uso), y resultan intercam­biables en la medida en que podemos establecer equivalencias entre ellas y fijarles un precio (valor de cambio). Ahora bien, ¿todo cuanto hay en el universo es intercambiable por un precio? ¿acaso hay sólo medios para fines individuales o grupales?
Si todo cuanto hay fuera un medio para satisfacer necesidades o deseos, si para todo pudiéramos encontrar un equivalente y fijarle un precio de intercambio, entonces no habría ninguna obligación moral con respecto a ningún ser. En consecuencia, sólo en el caso de que existan seres que podamos considerar como valiosos en sí ‑cuyo valor no procede de que satisfagan necesida­des‑, podremos afirmar que para ellos no hay ningún equivalente ni posibilidad de fijarles un precio. De estos seres diremos que no tienen precio, sino dignidad[9], y que, por tanto, merecen un respeto del que se siguen obligaciones morales.
La característica que permite afirmar que las personas tienen dignidad es que sólo ellas son seres libres: no sólo por el hecho de que pueden elegir el tipo de conducta que van a realizar, sino porque son seres autónomos, esto es, capaces de darse leyes a sí mismos y regirse por ellas. De este modo, la autonomía de la persona se constituye en el centro de la fundamentación kantiana: hay moral porque los humanos tienen dignidad, y tienen dignidad porque están dotados de autonomía. Las normas auténticamente morales serán aquellas que las personas puedan considerar como válidas para todos, las que representan lo que toda persona querría para toda la humanidad.
El discurso kantiano que acabamos de reseñar constituye un fundamento para los derechos humanos y para las obligaciones morales, y sirve de orientación moral para la conducta, puesto que de él se sigue que quien desee comportarse racionalmente ha de evitar a toda costa instrumentalizar a las personas, ya que éstas no son instrumentos. De este modo, el reconocimiento del valor absoluto de la persona se traduce en un principio ético que reza así: "Trata a cada persona como algo absolutamente valioso y no como algo relativamente valioso; es decir, no la instrumentali­ces". Dicho principio, a su vez, sirve de fundamento a deberes negativos, esto es, a mandatos que revisten la forma de prohibi­ción: "No harás x". Este tipo de mandatos puede servir en muchos casos para orientar la acción de las personas, pero en otras muchas ocasiones su ayuda no es suficiente para tomar la decisión correcta, puesto que la realidad es muy compleja y a menudo nos encontramos situaciones en las que se tiene que rechazar alguno de estos mandatos para poder cumplir otro.
Los mandatos negativos o prohibiciones son denominados también deberes perfectos, a diferencia de los mandatos positivos, que reciben el nombre de deberes imperfectos. Esto es así porque se entiende que los mandatos negativos son contundentes y precisos, dado que ordenan abstenerse de realizar conductas que consideramos malas (por ej. "no matarás"), mientras que los mandatos positivos son mucho menos contundentes y precisos, dado que prescriben comportamien­tos que pueden realizarse de muchas maneras y con diferentes grados de intensidad (por ej., "honrarás a tus padres").
Generalmente se entiende que los deberes positivos no exigen a todo ser humano hacer el bien de modo absoluto, llegando incluso a perjudicarse uno mismo, porque estos mandatos pueden entrar en conflicto con otros deberes positivos, y en tal caso ha de ser cada sujeto quien decida con prudencia en qué medida está dispuesto a cumplir cada uno de ellos, dadas las circunstancias y admitiendo que cada persona tiene su propio derecho a gozar del bien de que se trate.
Las llamadas "acciones supererogatorias" son una clase de deberes positivos que indican comportamientos que exceden lo que normal­mente se considera como deberes básicos o primarios de las personas, y por ello no pueden ser exigidos a todos, sino que se consideran conductas heroicas.
Por el contrario, las prohibiciones se suelen considerar como referidas a acciones intrínsecamente malas, y por ello son deberes perfectos, que en principio no admiten gradación ni excepción. Y decimos "en principio", porque es claro que existen situaciones en la vida cotidiana en las que se presenta un conflicto entre deberes negativos, y también, a veces, un mandato positivo se presenta con mayor fuerza exigitiva que uno negativo. En tales casos hay que tener en cuenta que los principios y mandatos morales son muy generales, y cuando entran en conflicto unos con otros no nos queda más remedio que considerarlos como principios prima facie[10], esto es, como mandatos que hemos de considerar como plenamente vinculantes en circunstancias normales, pero que en caso de conflicto con otro u otros mandatos similares, nos obligan a asumir la responsabilidad de ponderar los elementos de la situación concreta ‑sopesando las circunstancias y consecuencias- para dar prioridad a alguno de ellos, aunque esto suponga "un mal menor".
Admitir que los mandatos morales son principios prima facie implica reconocer que no puede establecerse a priori un orden de prioridad entre esos mandatos, sino que en los contextos concretos de acción es la persona que actúa quien tiene que decidir por cuál de los mandatos optará, teniendo siempre en cuenta las circunstan­cias y las consecuencias de cada situación determinada y asumiendo una responsabilidad que nadie puede asumir por ella. En este sentido, la moralidad presenta una doble vertiente irreductible: es algo social en la medida en que los mandatos morales generales se han ido generando en la vida social y han sido asimilados por la persona a través del proceso de socialización, pero es también personal, en tanto en cuanto es cada cual quien tiene que responsabilizarse de estar a una altura humana en las situaciones concretas, optando por una determinada ordenación de las exigen­cias morales pertinentes.
Los mandatos morales apuntan a la defensa de algún aspecto de la dignidad de la persona: la vida, la buena fama, su derecho a disponer de ciertos bienes en propiedad, su derecho a ser informado con la verdad, etc. Estos aspectos de la dignidad personal son lo que habitualmente llamamos "valores morales". Podría afirmarse que la prioridad que se debería otorgar a los diferentes valores no es la misma, puesto que algunos parecen más básicos e importantes que otros. En consecuencia, se podría decir que los deberes prima facie que representan valores básicos han de tener siempre prioridad sobre aquellos otros deberes prima facie que representan valores no tan básicos. Por ej., alguien podría alegar que el valor de la vida humana ocupa un lugar jerárquica­mente superior a cualquier otro valor, de tal modo que en cualquier circunstancia de conflicto entre el mandato que ordena no dañar la vida humana y cualquier otro mandato, sería moralmente obligado seguir el primero. Sin embargo, la Ética ha podido detectar a lo largo de su historia que ni siquiera esta posible jerarquía de valores se mantiene en pie en todos los casos, aunque sea correcta en muchos de ellos. En efecto, hay cierta variedad de situaciones en las que una persona sensata tendría que aceptar, como "mal menor" que no se diese prioridad al mandato de no dañar la vida humana. Pensemos, por ej., en los casos de legítima defensa personal o en el encarnizamiento terapéutico con enfermos terminales.
No obstante, afirmar que los deberes morales y los valores que los sustentan no pueden ser concebidos en un orden jerárquico absoluto y rígido no significa que estemos afirmando la llamada "ética de situación", y menos aún el relativismo moral ni el escepticismo. Estas posiciones filosóficas son humanamente insostenibles, puesto que, en realidad, quien tiene por irracional quitar la vida, dañar física y moralmente, privar de las liberta­des, o no aportar los mínimos materiales y culturales para que las personas desarrollemos una vida digna, no lo cree sólo para su propia sociedad, sino también para cualquier otra. Cuando alguien dice "esto es justo", si con eso está pretendiendo decir algo, no expresa simplemente una opinión subjetiva ("yo apruebo x"), ni tampoco relativa a nuestro grupo, sino la exigencia de que cualquier persona lo tenga por justo. Y cuando argumenta para aclarar por qué lo tiene por justo, está dando a entender que cree tener razones suficientes para convencer a cualquier interlocutor racional, y no sólo tratando de provocar en otros la misma actitud.
Podemos decir, entonces, que al menos una parte de nuestro lenguaje moral ‑la parte que se refiere a lo que consideramos justo‑ tiene pretensiones de validez universal, y utilizarlo para manipular a los otros es desvirtuarlo. Habermas ha expuesto, en su teoría de la evolución de la conciencia moral de las sociedades ‑teoría que se inspira en las investigaciones de Kohlberg sobre el desarrollo moral de los individuos‑ que éstas han recorrido un proceso de aprendizaje moral, además de un aprendizaje técnico. En efecto, las sociedades que hoy llamamos democráticas han recorrido tres niveles -según esta teoría‑ en lo que se refiere al aprendi­zaje sobre lo que consideramos justo: a) el nivel preconvencional, en el que se juzga lo justo con criterios de egoísmo y temor al castigo; b) el nivel convencional, en el que se tienen por justas las normas de la comunidad concreta a la que se pertenezca; y c) el nivel postconvencional, en el que hemos aprendido a distinguir entre las normas de nuestra comunidad concreta y unos principios universalistas, principios que tienen en cuenta a toda la humanidad, de modo que desde esos principios podemos poner en cuestión también las normas de nuestras sociedades concretas. Desde esta perspectiva podemos afirmar que, aunque gran parte de los ciudadanos de las sociedades con democracia liberal se encuentran en un nivel preconvencional o convencional, sin embargo, los valores que legitiman las instituciones democráticas de esas sociedades son los propios del nivel postconvencional; es decir, se trata de valores universales, que van más allá de las comunidades concretas y nos proporcionan recursos para criticar incluso las normas de esas comunidades concretas.
En definitiva, nos encontramos en una etapa histórica en la que el desarrollo de la conciencia moral ha desembocado en una moral universal para las cuestiones de justicia, un universalismo moral básico que puede defenderse con argumentos intersubjetiva­mente aceptables. Este universalismo moral abarca valores como la vida, la libertad (positiva y negativa), la igualdad, la solidari­dad, la paz y la tolerancia activa. Estos valores se fundamentan en última instancia en el valor absoluto de las personas, como hemos explicado anteriormente, y de este reconocimiento de la dignidad de las personas se derivan los derechos humanos que actualmente consideramos indispensables para alcanzar y mantener una vida personal y social propia de seres racionales.
En efecto, el reconocimiento de la dignidad intrínseca de toda persona permite una fundamentación de principios morales universales, que orientan la conducta hacia la promoción y respeto de ciertos valores que no podemos considerar seriamente como relativos ni arbitrarios. Pero, por otra parte, la aplicación de los principios morales universales a las situaciones concretas de la vida personal y social no puede hacerse de un modo mecánico, sino que exige a quienes hayan de tomar las decisiones un profundo conocimiento de las circunstancias y una cuidadosa valoración de las consecuencias. Es necesario un gran sentido de la responsabi­lidad y un deseo de llegar a entenderse mutuamente para que sea posible realizar en nuestro mundo las exigencias ‑no siempre fáciles de conciliar‑ de los valores morales universales.

Biblio­grafía
APEL, K.-O.:La transformación de la filosofía, Taurus, Madrid, 1995.
CORTINA, A.:Ética mínima, Tec­nos, Madrid, 1986.
--: Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 1993.
CORTINA, A. y MARTÍNEZ, E.: Ética, Akal, Madrid, 1996.
GARCÍA MARZÁ, V.D., Ética de la justicia, Tecnos, Madrid, 1992.
HABERMAS, J.:Conciencia moral y acción comunicativa, Península, Barcelona, 1985.
HUDSON, W.D.:La filosofía moral contemporánea, Alianza, Madrid, 1974.
MUGUERZA, J., La razón sin esperanza, Taurus, Madrid, 1976.
--, Desde la perplejidad, F.C.E., Madrid, 1991.
PÉREZ-DELGADO, E. y GARCÍA ROS, R., La psicología del desarrollo moral, Siglo XXI, Madrid, 1991.
PIEPER, A.:Ética y moral, Barcelona, Crítica, 1990.
ROSS, W.D.: Lo correcto y lo bueno, Salamanca, Sígueme, 1994
[1] Este ejemplo está basado en las consideraciones sobre la implicación pragmática expuestas por T. Miranda Alonso, El juego de la argumentación, Madrid, De la Torre, 1994, pp. 29ss. Véase también, E. Bustos, Pragmática del español, Madrid, UNED, 1986.
[2] A esta distinción, propuesta por Max Weber, nos hemos referido en el capítulo cuatro.
[3] A. Pieper, Ética y moral, Barcelona, Crítica, 1990, pp. 143-151.
[4] Véase J.A. Marina, El laberinto sentimental, Anagrama, Barcelona, 1996.
[5] En este sentido puede ser muy ilustrati­va la crítica al utilitarismo expuestas por W.D. Ross (The Right and the Good, Oxford University Press, 1930, trad. esp. Lo correcto y lo bueno, Salamanca, Sígueme, 1994).
[6] Una de las críticas más elaboradas contra este punto flaco del utilitarismo es la que se contiene en las páginas de la Teoría de la justicia de John Rawls (F.C.E., México, 1979).
[7] Sobre esta cuestión véase A. Cortina, La ética de la sociedad civil, Madrid, Anaya, 1994, especialmente el cap. 4.
[8] J. Piaget, El criterio moral en el niño, Fontanella, Barcelona, 1977. L. Kohlberg, Essay on moral development; vol. 1, The philosophy of moral development: moral stages and the idea of justice, Nueva York, Harper and Row, 1981.
[9] I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cap. 2.
[10] Esta expresión fue acuñada por W.D. Ross en su obra de 1930 The Right and the Good (trad. esp. Lo correcto y lo bueno, Salamanca, Sígueme, 1994).

sábado, 7 de junio de 2008

Argumentación.

Argumentación
Llamamos argumento a un razonamiento mediante el cual de intenta probar o refutar una tesis, convenciendo a alguien de la verdad o falsedad de la misma.
En la mayor parte de los estudios sobre argumentación se destaca la importancia de que se consiga el asentimiento a lo argumentado; por lo cual el lector o el oyente los oyentes deben tenerse en cuenta así como las diversas circunstancias que rodean la argumentación. Es difícil muchas veces distinguir entre argumento y sofisma, paralogismo o falacia.
Dar un argumento significa ofrecer un conjunto de razones o de pruebas en apoyo de una conclusión. Los argumentos son esenciales para mostrar que algunas opiniones son mejores que otras.¿Qué es argumentar?
Si tenemos una conclusión sustentada en buenas razones, la explicamos y la defendemos con argumentos.Un buen argumento ofrece razones y pruebas, de tal manera que otras personas puedan formarse sus propias opiniones por sí mismas.El error no es tener opiniones. El error puede estar en no tener nada más (con qué sustentarlas).Hay que ofrecer razones para demostrar que nuestras opiniones son correctas. Debemos cuestionar las propias creencias y, al mismo tiempo, defender nuestros punto de vista.Debe formar nuestras propias opiniones y tener capacidad para defenderlas.Los argumentos sirven tanto para indagar, como para explicar y defender las propias conclusiones.A los efectos de establecer cuando un razonamiento es incorrecto es necesario determinar la debilidad de los argumentos en los que se funda, se establecen normas de donde surgen reglas. Las falacias son violaciones de tales reglas.Comencemos por ver algunos argumentos considerados lícitos.
1. Argumento mediante analogía, se fundamenta una opinión a partir de un caso similar: “Del mismo modo que el cirujano a veces debe causar dolor al paciente para conservar la salud del cuerpo, así también los responsables de la educación a veces, deben tomar algunas medidas que causan dolor a los niños, por su bien.”
2. Argumento basado en la autofagia, se basa en mostrar que lo que dice una doctrina no lo cumple la propia doctrina: “los escépticos dicen que ningún juicio es verdadero, si fuese verdad, entonces al menos habría un juicio verdadero, el que dice que no hay ningún juicio verdadero”.
3. Argumento basado en la autoridad, Se basa en el prestigio de alguien que sostiene la misma posición y que es reconocido en esa materia, es especialmente efectivo cuando la persona referida mantiene a otros respectos una posición discordante con quien argumenta.
4. Argumento ad hominem, una forma del cual es el argumento ad humanitatan, cuando la opinión en cuestión suele ser la de la humanidad entera.
Falacias o sofismas.

Aristóteles fue el primero en presentar una lista de sofismas en su escrito “sobre las refutaciones sofísticas” Expresa que hay dos tipos de argumentos, unos verdaderos y otro que no lo son aunque lo parecen, estos últimos son los sofismas o falacias. Las falacias son errores en los argumentos. Muchas veces construidos como una argucia con intención de convencer al interlocutor, son las que se denominan sofismas, tienen la característica de ser persuasivas, en muchos casos existe una línea muy delgada con los argumentos.
Algunos ejemplos de falacias son los que siguen:

1. Extraer conclusiones de una muestra demasiado pequeña. Falacia de la generalización a partir de una información incompleta. “No generalice excesivamente a partir del hecho de que usted haya encontrado una causa: otras causas pueden ser más probables.”
2. El olvido de alternativas. Las alternativas pueden ser olvidadas si se acepta la primera explicación que se presenta. A menudo, también se olvidan alternativas cuando se toman decisiones, Se destacan dos o tres opciones, y solo ésas se sopesan. En cuestiones éticas también tendemos a olvidar alternativas. Ej.: “El feto es un ser humano con todos los derechos humanos o es un pedazo de tejido sin ninguna importancia moral.” Es necesario aumentar el número de las opciones que se examinan, en función de la complejidad del problema.

3. Ad hominem. Atacar a la persona en vez de sus cualificaciones.
“La teoría física que presenta el Dr. Pérez no puede ser verdadera, yo lo conozco, y cuando joven era un estudiante muy desprolijo”

4. Ad ignorantiam. (Apelar a la ignorancia). Argüir que una afirmación es verdadera solamente porque no se ha demostrado que es falsa.
“Nadie ha podido demostrar que no existe vida después de la muerte, por lo tanto está probada la inmortalidad”

5. Ad misericordiam. (Apelar a la piedad). Apelar a la piedad como un argumento a favor de un trato especial.
“ La estudiante debe salvar el examen aunque no contestó bien las preguntas, vive en una casa muy pobre y estudia con mucho esfuerzo “

6. Ad populum. Apelación al pueblo, se busca demandar a las emociones de la multitud.
Si todo el mundo dice que es una mala persona no creo que sea honesta. Cuando el río suena…

7. Afirmar el consecuente. Si p entonces q. q. Por lo tanto, p.Por ejemplo: Si las calles están heladas, el correo se demora. El correo se demora. Por lo tanto, las calles están heladas.
8. Ambigüedad. Usar una palabra simple en más de un sentido: ”Las rosa tienen espinas, algunas mujeres se llaman rosa, algunas rosas tienen espinas”

9. Causa falsa. Conclusión cuestionable sobre causa y efecto.
“Director, le tuve que pegar al alumno porque nunca me trae los deberes”
10. Composición. Asumir que un todo debe tener las propiedades de sus partes.
“si todos los jugadores son buenos, el cuadro debe ser bueno también”
11. Descalificar la fuente. Usar lenguaje emotivo para menospreciar un argumento incluso antes de mencionarlo. Ej. Ninguna persona razonable piensa que el conductismo es una buena estrategia

12. División. Asumir que las partes de un todo deben tener las propiedades de un todo.
“El PBI de EEUU, es muy alto, por lo tanto ningún estadounidense es pobre”
13. Falso dilema. Reducir las opciones sólo a dos, a menudo drásticamente opuestas e injustas para la persona contra quien se expone el dilema. Ej. “EE.UU.: Ámalo o déjalo”.

jueves, 8 de mayo de 2008

Dirección para acceder a una biografía de Vaz Ferreira

http://www.mec.gub.uy/academiadeletras/DANNOMBRE/VazFcarlos.htm

Algunas estrategias que pueden ser llamadas"pensar"

Estrategias que pueden ser identificadas con el título de pensar।
Tomado del libro: “La nueva educación de Anna Sharp y otro”
· Dar razones y distinguir las buenas de las malas.
· Hacer preguntas.
· Escuchar a los otros.
· Trazar distinciones y conexiones.
· Entender relaciones: parte/todo, medios/fines, causa/efecto, etcétera.
· Usar analogías.
· Entender y evaluar argumentos.
· Identificar, cuestionar y justificar supuestos.
· Construir explicaciones.
· Esforzarse en busca de la consistencia.
· Clasificar y categorizar.
· Formular y usar criterios.
· Corregir el propio pensamiento.
· Buscar evidencias y probabilidades.
· Estar atento y buscar problemas.
· Hacer (y, cuando sea apropiado. no tener y expresar) juicios de valor.
· Clarificar sentidos e interpretaciones de sentido.
· Definir y analizar conceptos.
· Hablar confiada y fluidamente.
· Construir inferencias.
· Generalizar a partir de casos y experiencias particulares.
· Encontrar ejemplos y contraejemplos.
· Analizar oraciones y proposiciones.
· Anticipar, predecir y explorar consecuencias.
· Reconocer contradicciones.
· Detectar falacias.
· Generar y comprobar hipótesis.
· Manifestar una mente abierta.
· Detectar vaguedad y ambigüedad.
· Explorar alternativas y posibilidades.
· Ajustarse al tema (ser relevante).
· Tomar en cuenta todas las consideraciones relevantes.
· Mostrar sensibilidad al contexto (ser capaz de identificar características específicas que hacen
una diferencia en la construcción del juicio).
· Comprometerse con el valor de la verdad y de la indagación.
· Desarrollar disposiciones de coraje intelectual, humildad, tolerancia, integridad, perseverancia e
imparcialidad.
· Ser consciente de la complejidad: ver el “gris” entre el negro y el blanco.
· Tomar en cuenta diferentes perspectivas y puntos de vista: ser imaginativo.
· Entender la importancia de ser razonable.
· Respetar a las personas y sus puntos de vista.
· Ser cuidadoso con los procedimientos de indagación.

domingo, 4 de mayo de 2008

L@स इन्वितोओ अ देबतिर सोब्रे वाज़ Ferreira

होला:
కుఇఎరొ ఇంవితర్లోస్ అ దేబతిర్ సోబ్రే వాజ్ ఫేర్రేఇర, సుస్ అపోర్తెస్ అల పెంసమిఎంతో ఎదుకాతివో, పర ఎల్లో abrí ఉం గ్రుపో, లెస్ పసో ల direccióన:debate-sobre-vaz-ferreira@googlegroups.com .
l@స ఎస్పెరో పర పెంసర్ జున్తోస్.
సలుదోస్.
ప్రోఫ్. జోర్గే బర్రెర ప్రేలిత్సో.