Visión histórica de la educación moral
La educación moral en la Grecia antigua
La historia de la Grecia antigua se divide
en tres etapas bien diferenciadas:
La arcaica
La clásica
La helenística
§ La arcaica que se remonta a los tiempos homéricos (siglos X-IX a. C.).
En esta época, la educación (paideia) recurre a ejemplos extraídos de la literatura, especialmente de las obras de Homero.
Es una época profundamente religiosa en la que todas las cosas, incluso el destino humano, queda en manos divinas. La vida es breve y está determinada de antemano. Hay que sacrificar la existencia en aras del honor que constituye uno de los valores más excelentes del hombre: el héroe homérico vive, pero sobre todo muere, para encarnar aquella cualidad o excelencia personal que, a modo de virtud, los griegos designaron mediante la palabra areté.
Para llegar a ser un hombre cabal (aner agathos) los niños aprendían de memoria los poemas homéricos que contenían los mejores ejemplos a seguir y, en consecuencia, aquello que se debía hacer. Los hombres debían actuar según el modelo marcado por los héroes, unos héroes que viven una sociedad profundamente agonística (de agon, lucha) preocupada por alcanzar la victoria (niké).
De este modo, la virtud humana (areté) era una cosa de pocos, o lo que es lo mismo, de una aristocracia (correspondía a los aristoi, es decir, los mejores) que vive en el contexto de una sociedad guerrera y belicosa con su catálogo de valores (honor, moral
heroica, amor a la gloria, ideal agonístico de vida, temor a los dioses, etc.).
§ La clásica que corresponde a la época de la sofística y de los grandes filósofos (Sócrates, Platón y Aristóteles)
Los sofistas y la relativización de la educación moral
La sociedad heroica evolucionó hacia sistemas de gobierno más democráticos en las polis griegas en torno al siglo V a. C.
A partir de la época clásica (siglo V a. C.) el sentimiento de justicia (diké) se humaniza.
El hombre –y no los dioses- va a ser la medida de todas las cosas y, por ende, de su propia conducta moral. Se quiebra así el orden de los nomoi (leyes y costumbres colectivas) cuyo fundamento era ético-religioso y que regulaba, además, el ethos
(carácter, estilo de vida) de los ciudadanos.
En medio de todo ello, aparecieron los sofistas (acusados de ser los primeros maestros que cobraban por sus enseñanzas) que plantean quebrar la fuerza de los nomoi combatiendo la anterior confianza de los ciudadanos hacia las leyes y costumbres (nomoi).
Se ha hecho famosa la sentencia de Protágoras: el hombre es la medida de todas las cosas; Por este camino se llega a la relativización de la educación moral : “bueno” no es un valor en sí, objetivo, sino algo subjetivo que afecta a los intereses particulares en cada momento y circunstancia.
Los criterios morales son aspectos relativos cuyos contenidos dependen de los tiempos y de las culturas.
El intelectualismo ético de Sócrates
Contra el relativismo sofístico se levanta la filosofía de Sócrates (470-399 a. C.) que presenta la educación moral como autoformación personal. De hecho, lo que Sócrates busca es encontrar algo sólido que objetivamente dé sentido a la conducta moral. Si el fundamento no podía ser religioso (como había sucedido en la época arcaica), ni político (los sofistas habían fomentado la desconfianza hacia todo tipo de leyes), sólo quedaba el camino de la introspección humana según el mandato de “conócete a ti mismo”.
Ahora, la moral no depende ya de factores externos sino de dimensiones internas: el bien hay que buscarlo en el interior de cada uno en un arriesgado proceso de autognosis o autoexamen. Así pues, la doctrina socrática conocida como intelectualismo ético estriba en un proceso de introspección o autoconocimiento que nos lleva a conocer el bien.
Si alguien no actúa correctamente se debe a pura ignorancia porque si se conoce el bien no hay motivos para actuar en dirección opuesta. Para Sócrates “Nadie peca voluntariamente”.
El idealismo platónico: la búsqueda del Bien
Como se ha visto, el intelectualismo ético socrático supone que quien actúa de forma incorrecta lo hace por pura ignorancia. Platón (428-348 a. C.), discípulo de Sócrates, intentó corregir la doctrina de su maestro con la introducción de una variable psicológica.
Frente al optimismo antropológico de Sócrates, Platón procurará mantener en la ignorancia a todos los que no son psicológicamente buenos, so pena de corromperlos aún más. Desengañado de la acción de la sofística que había contribuido a precipitar la condena a muerte de su maestro Sócrates, Platón acentúa el carácter elitista de su paidea (no todos los hombres pueden alcanzar la idea de Bien).
De conformidad con el idealismo platónico, la educación es un proceso dialéctico gracias al cual el discípulo va ascendiendo por diferentes grados de perfección en proporción a su talento y esfuerzo. Sólo los mejores pueden alcanzar la idea de Bien.
Según el esquema planteado en La República, los hombres tienen un alma tripartita (concupiscible, irascible y racional) de modo que, según domine una u otra, tendrán diferentes tipos de personalidades. Y a su vez, existirán diversas clases sociales
determinadas, precisamente, por esta característica psicológica.
Sólo aquellos en los que domine un alma racional (a la que corresponde decidir qué cosas son buenas y conducen a la felicidad y cuáles no) podrán alcanzar la idea de Bien por lo que serán llamados a constituir la clase dirigente de los filósofos-reyes
encargados del gobierno de la república (polis). Por su parte, aquellos en los que predomine el alma concupiscible (deseo de disfrutar) se dedicarán al trabajo y aquellos otros en los que domine el alma irascible (la fuerza del carácter) integrarán el cuerpo de guerreros.
La justicia (diké) dominará en la ciudad cuando se dé una organización social en la que se integren de manera armonizada y equilibrada las diferentes clases sociales. Pero ello acaece no sólo en la polis, sino también en el hombre: la areté es el equilibrio, la armonía, la simetría o proporción entre las partes integrantes del alma humana y sus movimientos; entre las fuerzas que pugnan por controlarla y que por naturaleza son discordantes.
Aristóteles y la ética teleológica: la búsqueda de la felicidad
Mientras el idealismo platónico enfatiza el papel del Bien al que se debe ascender a través de la dialéctica, la filosofía moral de Aristóteles (384-322 a. C.) destaca la búsqueda de la felicidad (eudaimonia).
Para la filosofía aristotélica el fin último de la educación es la felicidad, pero para alcanzarla es necesario aprender previamente a vivir bien, o lo que es lo mismo, a actuar conforme a la naturaleza humana. Si obrar racionalmente es la actuación propia del ser humano porque tiene razón, el obrar feliz consistirá consecuentemente la plenitud de dicha actuación. Para Aristóteles la fuente de toda infelicidad es siempre la misma: querer lo que no tenemos o ambicionar ser lo que no somos, esto es, ser o tener lo impropio. Por lo tanto, se trata de obrar racionalmente, para alcanzar la felicidad.
El lucro, el poder y la fama no hacen feliz al hombre. Para ser feliz lo que debe hacerse
es practicar las virtudes que son la riqueza del alma. No hay preparación mejor para
obrar felizmente que el obrar felizmente. Pero para ser bueno, se requiere una armonía entre naturaleza, hábito y razón. Se parte de la naturaleza que se puede corregir o modificar en función del fin (la felicidad) que marca la razón. Un hábito es el elemento perfectivo de una potencia en cuanto que, adquirido por el ejercicio, significa el crecimiento de la potencia y, por eso, remite a su capacidad de obrar más y mejor, de ser virtuoso.
Si el hábito apunta a la génesis y a la misma cualificación de la potencia –pasado y
presente- el término virtud remite a su potencialidad, a la operatividad incrementada de
cara al futuro. En este sentido, se puede decir que los hábitos forman una segunda
naturaleza consecuencia de la segunda generación en que consiste la educación.
En consecuencia, promover la virtud moral es hacer nacer en el niño hábitos que, agradables por esencia, tengan además el bien por objeto; y practicar la virtud moral, es simplemente dejarse llevar por la suavidad de un buen hábito.
§ La helenística que corresponde a la época imperial (primero de Alejandro el Magno y después de Roma).
Las tradiciones helenísticas
El imperio de Alejando Magno (cuya muerte tuvo lugar el año 323 a. C.) comportó la
aparición de un nuevo contexto histórico-social.
El antiguo protagonismo de las ciudades (polis) dio paso a la emergencia de un mundo cosmopolita, donde el hombre ya no se siente ligado a una ciudad concreta sino que asume el papel de ciudadano del mundo.
El final de la polis propició el desarrollo del individualismo y la búsqueda de soluciones
de emergencia que intentaban solventar las preocupaciones existenciales y morales de
cada individuo en particular. La filosofía helenista vive sumergida en un mundo de crisis
que algunos autores comparan hoy con la que acecha a nuestros tiempos postmodernos.
La educación ya no se dirige a la formación de un buen ciudadano, a la manera
platónica y aristotélica, sino que busca dotar al individuo de la seguridad en la
autosuficiencia, entendida de diferente modo según la escuela filosófica de que se
trate.
Por su importancia, a continuación nos vamos a referir al epicureísmo y al estoicismo
dejando para otra ocasión otras tendencias (cínicos, cirenaicos, etc.) de incidencia
menor.
El epicureísmo: la amistad como placer
Epicuro fundó su escuela filosófica con el nombre de El Jardín en el siglo IV a. C. Al
parecer en el dintel de la puerta por la que se accedía al Jardín se leía: “Aquí reina el
placer”. Se plantea una ética basada en el placer de manera que las acciones serán
buenas si causan placer al individuo. Ahora bien, hay que entender el placer de una
forma correcta. No se trata de un disfrute desfrenando de las apetencias sino de algo muy distinto: se trata de educar para que las personas sepan gozar porque Epicuro piensa que a gozar se enseña. Por consiguiente, la pedagogía del placer es una pedagogía moral que
busca el control de los deseos ya que hay que saber calcular las consecuencias de
nuestras acciones.
En realidad, Epicuro era un enfermo crónico que padecía grandes dolores y que sabía
gozar de las escasas treguas que el dolor le concedía. Ahí radica el verdadero placer:
en la ausencia del dolor. Se trata, entonces, de extender esta máxima a todas las
acciones humanas: hay que desear lo que se puede lograr, para lograr lo que se desea
y saber renunciar a lo que no puede desearse.
Epicuro hace una clasificación de los deseos:
· Deseos naturales y necesarios (comer, dormir, etc.)
· Deseos naturales y no necesarios (sexo, beber alcohol, etc.).
· Deseos ni naturales ni necesarios (caprichos, lujos, etc.).
Todo estriba en saber elegir qué tipos de deseos son los que más nos convienen. La
ética epicúrea es, contrariamente a lo que se podía esperar, una filosofía austera por lo
que proclama es justamente la autosuficiencia –la ataraxia, tranquilidad del alma no
perturbada por ningún deseo- del sujeto.
Hay que ponderar y calcular prudentemente. Cierto, esta capacidad calculadora del
placer impone una actitud prudente hasta el punto que el epicureísmo aconseja
abstenerse de terminados deseos que provocan desazón porque satisfecho un placer
se desea, por lo común, otro de orden superior.
El estoicismo: pedagogía de la renuncia
El estoicismo fue fundado por Zenón de Citio en el siglo II a. C. Se trata de una larga
tradición filosófica que se extendió al imperio romano (Séneca, el emperador Marco
Aurelio) y que influyó en el cristianismo, e incluso, en el Renacimiento e Ilustración. A
pesar de esta larga evolución, el rasgo fundamental de esta doctrina estriba en los
conceptos de deber y fortaleza.
Hay una serie de máximas estoicas que ilustran esta actitud: “Soporta y renuncia,
porque todo está determinado” o “es preferible ser guiado que ser arrastrado por el
destino". Tal planteamiento se deriva de una concepción cosmológica según la cual el
mundo, Dios, la naturaleza o la razón (Logos) son lo mismo.
De ahí que el ser humano sea una partícula insignificante dentro de un cosmos
universal que obedece una ley eterna que Dios mismo se dio y a la cual es mejor no
oponerse: hay que asumir resignadamente el curso lógico de las cosas y de los
acontecimientos.
A la vista de todo lo cual, el autodominio constituye el punto nuclear de su filosofía
moral. El autodominio es la gran fuente de felicidad porque nos permite ingresar en ese
estado de gozo que es la apatía que, etimológicamente, significa que no existe la
pasión. Con todo, la pasión no es un mal en sí mismo, sino el obstáculo para poner a
prueba la actitud moral que es la aceptación del destino y la obediencia al Logos. Hay
que soportar todo aquello que nos viene encima por lo que la verdadera forja del
carácter se da en la batalla, en el sufrimiento y en las contrariedades.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

6 comentarios:
Muy extenso, sería conveniente iluminar las ideas principales del texto para facilitar su comprensión. También sería oportuno colocar diferentes imágenes para que nos motiven a querer leer!!!!
El comentario fue de Germán, Lucía y Natalia
Primer comentario de Lucrecia y Lorena: consideramos original y pertinente que usted nos otorgue material para estudiar.
además ya hay una selección del material.
hola como esta? en realidad este comentario no es sobre el texto. Estoy investigando cómo realizarlos. Lo único que puedo decir vinculado a la materia es que me gustan los temas vinculados con la Filosofía. Creo que, por medio de ella, podemos agudizar nuestros sentidos y razón; llegando a realizar reflexiones diferentes al sentido común.Además, nos presenta diferentes pensadores con diferentes puntos de vista y argumentos. Saludos. Matías Ferreira 4º B
Hola. Me pareció muy adecuada la información que nos brindó. De esta forma podremos leer materiales variados e interaccionar comentarios.
Saluda María Inés Silva. 4º A
Muchas gracias a todos los estudiantes que entraron al blog. Sus opiniones son muy valiosas y así podemos construir conocimiento entre todos.
Jorge Barrera
Publicar un comentario